Un día como cualquier otro en Kiev, bajo los ataques rusos
La alerta aérea termina a las 8H15 con una explosión a lo lejos, lo que permite a Anastasia Zhmutska llevar por fin a su hijo de 14 años, Orest, a la escuela en Kiev, capital de Ucrania.
Anastasia, de 44 años, tiene tres hijos, trabaja en un hospital y dispone de poco tiempo para sí misma. Desde finales de verano, Rusia le "añadió algunas tareas más", dice con ironía sin lograr disimular su cansancio.
Las alertas aéreas y explosiones interrumpen sus noches y marcan el ritmo de sus días, mientras Moscú intensifica los ataques con drones, que desde enero causaron la muerte de más de 190 personas en Kiev, según las autoridades locales.
Ya sea para llevar a sus hijos a la escuela o estar pendiente del mayor, de 19 años, organiza sus horarios en función del riesgo.
La noche anterior llevó a su hija de cinco años a una residencia secundaria con su padre, lejos de los ataques.
En la escuela, revisa su bolso y examina dos baterías portátiles que recargará en el trabajo, donde "siempre hay electricidad".
Después de los supermercados y las gasolineras, Rusia ataca ahora la red eléctrica, lo que provoca cortes de luz.
"Las tareas se complican" cada día, cuenta Anastasia a la AFP. "Pero hay que resolverlas".
- Noches sin dormir -
Anastasia se despide de Orest en la escuela con un beso y parte al hospital.
El joven se acomoda en su pupitre, mientras el aula se va llenando poco a poco de rostros cansados tras otra noche sin dormir.
Nadia Sherikor, profesora de literatura, reconoce que los ataques rusos afectan la calidad de las clases. "Kiev no duerme", sostiene.
A las 9H00 guardan un minuto de silencio en memoria de quienes murieron desde 2022. Los niños permanecen de pie, con las manos sobre el corazón, mientras el himno nacional de Ucrania suena por los altavoces.
La clase se reanuda entre dos sesiones de estiramientos para ayudar a los estudiantes a sobrellevar la ansiedad.
A las 10H44, alerta aérea: drones rusos se acercan a Kiev. Entre risas y gritos, los alumnos cruzan el patio y se adentran en un sótano que se extiende bajo la escuela.
Apretados en un estrecho pasillo, todos encuentran un rincón en la mesa donde apoyar sus cuadernos.
Orest está acostumbrado a los refugios antiaéreos y a las explosiones, pero en los últimos meses se volvió más ansioso. "Me guardo todo para mí", dice.
En la calle, el motor de un dron ruge sobre la escuela, el fuego antiaéreo crepita y un hombre levanta la mirada hacia el cielo. El dron desaparece y una detonación resuena a lo lejos.
- Al límite -
En el hospital, Anastasia conversa con sus colegas sobre qué conservas comprar y cuánta agua almacenar.
"Siempre estoy pensando en cómo organizarme y lo más difícil es tomar decisiones", explica. "Cargo con estas responsabilidades todo el tiempo".
No pierde de vista su teléfono y alterna entre los grupos WhatsApp de la escuela, los canales Telegram que monitorean los drones rusos y la ubicación GPS de Orest.
A las 14H00, el adolescente sale de la escuela para ir a su entrenamiento de gimnasia antes de que los cortes eléctricos paralicen el transporte público. Sueña con convertirse en atleta olímpico.
"Antes de que me escriba, ya comprobé su itinerario, las alertas y si funciona el metro", relata.
El estado de alerta permanente de Anastasia alcanzó otro nivel el 14 de octubre, cuando un dron ruso impactó contra un centro empresarial situado entre la escuela y su casa.
Un estudiante que esperaba el autobús resultó gravemente herido y fragmentos de la explosión cayeron sobre su edificio.
A las 18H00 toma el autobús. La familia se reúne en su segunda vivienda, al otro lado del río Dniéper, que atraviesa Kiev. "Es un lugar tranquilo, pero llegar hasta allí es toda una odisea", precisa.
Se forman embotellamientos al acercarse al Puente Sur, cerrado desde que drones rusos impactaron contra él la semana anterior.
En plena hora pico, el tránsito es caótico y Anastasia tardará dos horas en recorrer 15 kilómetros. "Siento que las cosas no podrían ser más difíciles de lo que son ahora, pero sé que lo serán", afirma.
Envía un último mensaje antes de que su teléfono se apague, pidiéndole a su hija que la espere antes de acostarse. Lleva en el bolso la golosina que le había prometido.
Al preguntarle qué la llevaría a abandonar Kiev, Anastasia guarda silencio durante varios segundos. "Ya me hice esta pregunta varias veces. Y no sé cuál es la respuesta", sentencia.
J.Schmidt--BVZ